Con algo de delayed y cierto regusto melancólico escribo esta crónica sobre lo que ha significado poder vivir la realidad teatral porteña durante este julio y agosto del 2011 para un urbanita europeo como yo.

No hay mejor manera de crear que estar en el proceso. Nunca sabes si aquello que trabajas está bien o mal, si crece o decrece, cuál es su motivación, o por dónde hay que tirar. La suerte en estos casos es tener compañeros de fatigas que te vayan guiando. Panorama Sur ha sido una bocanada de aire fresco para mi cabeza guionizada, llena de prejuicios audiovisuales. Hacia tiempo que no me enfrentaba a la escritura escénica pero encontré en Buenos Aires una manera de hacerlo. Asistí a la residencia internacional de Panorama Sur para dramaturgos, con un proyecto que llevo gestando desde el 2010: “Den Haag”.

Del proyecto, poco a poco iré comentando su avance cuando vaya tomando forma, pero no querría dejar de lado algo fundamental en Buenos Aires: puedes ver teatro, buen teatro, puedes sentirlo y vivirlo y hasta empacharte.

De lo que menos me interesó creo que mejor no mencionarlo.

Haría una distinción que bien puede ayudar al no entendido. Por un lado vi dos obras de los “maestros”. Mauricio Kartun me dejó un tanto frío con Ala de criados (crea un buen discurso pero no llega ningún tipo de argumento ni idea interesante al público), aunque curiosamente gusta y mucho en Buenos Aires, ya que nosotros asistimos a la función número 300, con más de 30.000 espectadores. En el otro extremo, ver Los hijos se han dormido (adaptación de La gaviota chejoviana por Veronese), te deja con el regusto de ver un Chejov vibrante y genialmente construido. Me faltó ver lo nuevo de Bartis que ahora gira por Europa.

En el apartado de los “consagrados” pude tocar todos los palos. Desde una dirección de Daulte totalmente descafeinada en Baraka (y he sido benévolo), pasando por uno de los últimos fenómenos porteños, Claudio Tolcachir, del que pude disfrutar de Tercer cuerpo en Timbre 4, un lugar donde puedes oler a los actores de tan cerca que estás (es muy chiquito). Y luego la magistral dirección de Alejandro Tantanian de un texto superlativo Blackbird (que hacéis que no lo estáis leyendo), pero acabar de redondear con lo mejor que he visto en Buenos Aires: un monstruo escénico llamado Rafael Spregelburd. Su teatro crea mapas diferentes en nuestra cabeza, te posiciona en una escena viva, que no deja de crear un aparato de ficción insólito. Todo trata de elaborar preguntas que la escena va investigando sin posibilidad de respuesta pero con una sensación entre absurda, desasogante, irrisoria y cáustica donde no sabes por donde caminar. Preguntas cómo “¿Por qué todo arte deviene negocio?” o “¿Por qué toda religión deviene superstición?” adentran al texto y a los magníficos actores del Patrón Vázquez (su grupo) en una obra total y sesgada a la vez. Apátrida, por el contrario, es un tour de fource del propio Spregelburd como actor para preguntarnos, mediante la verdadera historia del duelo entre el pintor Schiaffino y el crítico (y pintor) Auzón ocurrida hace 2 siglos, sobre los límites del arte, en qué lugar se posiciona el valor de una obra. A esto se suma a la composición sonora de Zypce, que eleva la pieza.

Después habría un grupo que he denominado los “exportados”. Jóvenes (o no tanto), creadores que están siendo reconocidos en festivales internacionales y son la impronta más contemporánea del teatro argentino. A diferencia de los “consagrados”, estos son (o parecen ser) de una generación posterior, y desarrollan vínculos directos o indirectos con otras disciplinas como la performance. Por un lado hablo de Federico León, del que no pude ver nada en cartel allá (ya había visto en Valencia Yo en el futuro), pero del que me dijeron que su última propuesta utilizaba más de 100 actores en escena (!). Pude estar en una charla con Mariano Pensotti, del que me hubiera gustado ver El pasado es un animal grotesco y del que no encontré este texto editado (aunque está publicado). Me pareció muy interesante su trabajo con la ficción dentro de la realidad y sus dispositivos escénicos. Y por último Lola Arias, de la que se me escapó Mi vida después, pero que he podido leer algunas de sus obras publicadas, y me gusta su manera de afrontar la escena.

En el último bloque situaría (parece que estoy haciendo un esquema y no era mi intención), a las “nuevas promesas” (que ya son realidad). Me gusta mucho el camino tomado por Matías Feldman, que tras una charla que nos dio, pude ver Reflejos en, creo entender, su casa (así, sin más, era un departamento, grande, pero departamento), y que me dejó la sensación de que con poco se pueden hacer cosas magníficas (los actores están excepcionales). Matías será (espero no equivocarme), el nuevo fenómeno porteño para las mentes bienpensantes europeas. Añadiría, por haber traído el tema de espacios no convencionales, la propuesta de Juan Pablo Gómez Un hueco, en un gimnasio de un Instituto de secundaria, que nos habla, brillantemente y sin quererlo, del duelo, la amistad, en una escena mínima. También vi el descubrimiento (para mi) de la voz de Romina Paula con El tiempo todo entero, una adaptación muy sui generis de El zoo de cristal de Tennessee Williams, con una sencillez y una riqueza de significados que haría falta en las adaptaciones que se hacen por estos lares, ya sea Valencia, Madrid, España o Europa (tómese lares como os venga en gana). Y no me quiero dejar dos creadores más: Nacho Ciatti que con Alemania nos mostraba una brillante historia de una familia disfuncional y divertida, que venía acompañada de un cuarteto de cuerda en directo, y las piezas que pude ver del cineasta y dramaturgo Santiago Loza, textos que, a mi modo de ver, están por encima de las puestas en escena (¿para cuándo Loza se decidirá dirigir?).

En el tintero me quedan las propuestas internacionales, que cualquiera podrá ver en otros festivales y que terminaron de llenar mi mochila de experiencias teatrales. Tanto las dos piezas de Rabih Mroué (The inhabitant of images como Make me stop smoking son dos creaciones geniales del artista libanés que rayan los límites del concepto teatral), como el espectáculo que pude ver de Tim Etchells, Void story, me dejaron cubierto el cupo teatral de experiencias porteñas. Una gozada.

No me quiero olvidar, de las propuestas de mi compatriota valenciano Paco Zarzoso, El hipnotizador y sobre todo Hilvanando cielos creadas y vividas por él y Lola López en Buenos Aires, que posicionan a Paco como uno de los dramaturgos valencianos más interesantes e influyentes en los últimos años.

Ya de vuelta, uno solo piensa en regresar, pero no solo a ver teatro, sino a crear, a dedicarse en la distancia corta a escribir y dirigir con los actores, creadores, etc, de esa realidad tan compleja y apasionante que es el teatro porteño actual.

Como dice el tango: “siempre se vuelve a Buenos Aires”.

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